“Manuel tiene un pequeño comercio de audífonos.

Su querido abuelo, con el que pasaba todos los veranos en Brasil, fue quién le enseñó el tacto de los perros, y el olor de las flores.

Con él también aprendió a oír salir el sol en los amaneceres y a sentir la luna acercándose.

Braulio, viudo desde hacía más de veinte años, había dedicado su vida a cuidar de sus cabras y de su pequeña granja que, cariñosamente, compartía con su mujer.

Ya no recordaba con dolor los paisajes que contemplaba desde las montañas cuando aún conservaba la vista; si recuerda, sin embargo, el poco caso que le hacía a sus dedos cuando paseaban sigilosos entre las hojas de aquel libro antiguo, y de sus manos cuando abrazaba a su nieto recién llegado en los meses de Junio.

Y se había acostumbrado resignadamente al canto de los gallos por las mañanas, a las campanas de la iglesia del pueblo que auguraban las horas puntas; a las noches de aguacero sin descanso.

No valoraba muchas sensaciones de su vida que, gracias a su ceguera, había descubierto.

Había tenido la suerte de nacer viendo la vida con ojos de ser humano, para luego a aprender a contemplar con la mirada inocente del alma”.

El sexto sentido es el sentido del alma, el canto a la libertad que nace de un lugar profundo dentro de mí, alojado más adentro del corazón. Es como un hilo transparente e infinito que me hace ser copartícipe de todo lo que sucede fuera de mi cuerpo y a mi alrededor.

Cuando se activa este sentido, me siento tan plena que todo el Universo cabe dentro de mi ser y ya no hay vuelta atrás. Mi consciencia es el ama de este sentido, que me hace vencer la individualidad y creer de nuevo en el amor.

Así, por más caídas y desbarajustes, nunca me siento perdida ni vencida, pues no hay ninguna lucha que suceda fuera de mi mente.

Somos tan grandes, pero nos sentimos tan pequeños e insignificantes, que creemos, cegados por valores heredados sin cuestionar de generación en generación, que nuestro paso por el mundo es insignificante, poniendo nuestro foco de atención en cuidadores externos a nosotros, idolatrando una y otra vez a fantasmas exteriores, desconectando de nuestro instinto supremo de espiritualidad.

No, no quiero sentidos transitorios; ni expectativas programadas hacia un futuro que seguramente no dibujaré si mis porpósitos, si mis sueños, están desconectados de mi misma.

No, no me conformo con noticias desoladoras día sí y día también, pues estoy segura de que se suceden pequeñas bellas hazañas a lo largo y ancho del planeta cotidianamente; otra cosa es que no nos paremos a verlas.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s